Cacao: de oro a cenizas

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• El cacao fue la joya de la corona en la produccion agrícola de la región Caribe, pero sufrió un cataclismo en 1978.

 

Más allá de lo que se pueda deducir desde el contexto agrícola actual del caribe de nuestro país, en donde la siembra del banano y la piña cubren de monotonía el paisaje, hay una historia casi enterrada, tras el derrumbe a causa de una plaga del llamado «fruto de los dioses»: el cacao.
El cultivo del cacao inició muy temprano en la historia de nuestra zona, justamente con la llegada de Colón en el año 1492. Poco después de su introducción ya se registran amplios sembradíos de esta fruta, utilizada por los indígenas como alimento e incluso como moneda, razón por la cual rápidamente se convirtió en uno de los frutos más apreciados y presentes en las huertas particulares de nuestros colonos hispanos.
La exportación de cacao al viejo mundo tuvo un importante repunte en 1657, cuando la primera fábrica de chocolate para comercialización al menudeo abrió en Gran Bretaña y los fundos del caribe empezaron a ver en el cacao una gran oportunidad para la generación de ingresos. Pero fue hasta el siglo XIX que un descubrimiento del suizo Daniel Peter revolucionó para siempre el mercado del cacao: el chocolate con leche, o lo que hoy conocemos como barras de chocolate. En respuesta al boom comercial que despertó en Europa durante ese siglo, se siembra de cacao la costa caribeña con semillas traídas desde Panamá. El cultivo extensivo tuvo un aumento abrupto y los cacaoteros llenaron gradualmente el paisaje, llegando a su máxima bonanza entre los años de 1910 y 1978, año en que el principal enemigo del cacaotero dio al traste con el 80% de nuestra producción.
Con el fin de investigar a profundidad la historia real del cacao costarricense, El Independiente visitó el Museo del Cacao ubicado en la provincia de Limón, sobre la ruta de Cahuita a Puerto Viejo. Ahí nos encontramos con uno de los testigos vivenciales de la bonanza, caída y renacimiento del cacao, el señor Felipe Obando. Don Felipe además es el guía del museo, que se sitúa donde otrora se ubicaban dos de las plantaciones más grandes en esos tiempos: la propiedades de un alemán de apellido Klines y de Alfredo Smith, un bisnieto de Mr. William Smith, protagonista histórico de la zona.
Don Felipe no puede evitar la nostalgia en sus palabras al hablar de las dos grandes estocadas que sufrió la industria del cacao, misma de la que dependían casi la totalidad de las familias de esta zona. «Sin cacao no había comida» sentencia de vez en cuando con la voz pausada. El primer gran golpe que sufró la producción se dio entre los años 1930 y 1935 y trajo consigo la exterminación de gran parte del cacao a favor del banano. Debido al desplome de los precios, cientos de productores quedaron sin nada que comerciar y tuvieron que vender sus tierras a los gigantes bananeros, en muchos casos a cambio de trabajo y algo que comer. Es difícil no especular que se tratara de un plan de las grandes corporaciones de fruta, pues esto derivó en el dominio de las tierras por parte de las compañías bananeras quienes se expandieron a un ritmo de miles de hectáreas por año pagando casi nada por ellas.
En 1945, un giro inesperado le dio vuelta a la situación y el banano cayó estrepitosamente en los mercados internacionales, al tiempo que el cacao elevó su precio. Por ello se dio una resiembra que situó al caribe sur como centro de la producción de cacao en Costa Rica, programada para nutrir la industria del chocolate en la Europa del siglo XX. Este fue el climax de la bonanza cacaotera. «El dinero circulaba por montones en esta zona, a nadie le faltaba nada; y es que nosotros los campesinos guardamos el secreto de cómo se cultivaba el cacao de manera correcta y eso impidió que los gigantes bananeros tomaran esa producción en sus manos» nos relata don Felipe.
La producción era tan grande y la demanda en el exterior tan buena que rápidamente se establecieron dos recibidores de producto, uno en Puerto Viejo y el otro cerca de Penshurt, los cuales pagaban en efectivo y de inmediato lo que los productores pudieran llevar hasta su establecimiento. Era tanta la producción, que se dieron a la tarea de reparar una via férrea abandonada por la compañía bananera para llevar los cargamentos a los recibidores, por medio de un sistema muy curioso surgido en función de la necesidad: el llamado «burrocarril», el único medio de transporte de carga hasta que en el año 1970 se habilitó la carretera hasta Puerto Viejo.

El apocalipsis del cacao
Don Felipe cambia su semblante y habla en un tono sombrío, este tema aún asusta a los protagonistas de la historia del cacao. Dada la forma abrupta en que todo terminó en torno a una plaga, se tejen las más variadas hipótesis, incluso algunas de ellas con referencias paranormales. Nos habla de la monilia, un hongo que apareció en el año 1978 y acabó ese mismo año con cerca del 80% de la producción del cacao. «No había mata que se salvara, hicimos de todo para protegerlas, pero al ver que nada funcionaba nos tuvimos que sentar junto a nuestra familia a ver como se iba el pan de nuestra boca» nos comenta. Y es que esa plaga marcó el final de la industria y con ello la devastación económica de los productores. Lo que siguió fue el éxodo de los campesinos hacia las compañías bananeras, con la venta de sus propiedades por poco más que nada, sellando el destino económico y social de la zona, pasando de ser productores exitosos a empleados de las megacompañias agrícolas.
Se ha luchado contra la monilia desde esa época, pero el hongo no da tregua, y la otrora bonanza cacaotera se convirtió en una ruina que en poco más de dos años cambió para siempre el destino del caribe costarricense.
Como símbolo histórico de la memorable industria del cacao del siglo XX se ha conservado una zona especial en el museo para recolectar las máquinas originales, los instrumentos, las imágenes y los escasos artefactos que aún pertenecían a los descendientes de las familias que vivieron la época de bonanza. Un elemento muy importante en la preservación de esta historia es el calipso.

Todavía mucho de lo sucedido durante el auge y la caída del cacao perdura en las canciones de estos trovadores caribeños, haciendo del calipso el mejor narrador tradicional de la historia. Quizás la obra más conocida es el rey del calypso de Walter Gavitt Ferguson, que narra muchas de las facetas de esta historia. Además en el museo existe la oportunidad de fabricar nuestro propio chocolate guiado por mujeres indígenas que enseñan a procesarlo y elaborarlo con sus métodos tradicionales. Es una experiencia sin lugar a dudas muy enriquecedora.

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