REYNALDO JIMÉNEZ GAMBOA: HISTORIA VIVIENTE DEL CANTÓN DE POCOCÍ Y LA RUTA 32

 

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•La historia de este labriego, músico, profesor, director y finalmente diputado nos abre una ventana histórica a la pujanza política por la ruta 32 en su lucha contra la selva. 

 

El profesor Reynaldo Jiménez Gamboa es toda una institución guapileña. Fue educador durante muchos años y llegó a ser diputado por la provincia de Limón. A él le debemos, entre muchas otras cosas, la creación del Parque Nacional Braulio Carrillo con el fin de proteger del precarismo el patrimonio natural de la ruta 32.

El armonio
Nacido en Santa Cruz de Turrialba en 1924 en su infancia don Reynaldo fue a la escuelita local, que solo tenía una maestra para primero, segundo y tercer grado. Tuvo que abandonar tercero porque los 10 u 11 años sus papás lo llevaron al campo —costumbre muy común en los niños de la época—para trabajar en diferentes fincas, en su mayoría en oficios campesinos. Trabajó con mulas y bueyes y fue ayudante de carpinteros y albañiles, pero un día su vida dio un inesperado giro a los 25 años cuando trabajaba en una finca lechera, en el año 1949, y nombraron al padre de origen alemán Antonio Dexter como cura de Guápiles.
«Él tenía muchas referencias mías porque yo medio tocaba un armonio (que equivale al órgano de hoy) y me visitó allá en Santa Cruz. Me preguntó que cuánto ganaba, yo le dije que 72 colones por mes y él me respondió: “¿Si le ofrezco 150 colones por mes más la comida y la dormida en Guápiles se iría conmigo?”. Entonces el 19 de setiembre de 1949 estaba tocando la puerta de la casa cural descalzo y cansado, con un saquito de manta donde traía mis cositas. En la noche el padre me presentó al pueblo como don Reynaldo y no como Yayo que me decían.»
Del acordeón a la dirección

Su paso por el mundo educativo no fue menos inesperado. Algún don de gentes tendrá don Reynaldo para ganarse la confianza y el aprecio de quienes lo han llamado para las empresas más diversas.
«Yo tocaba un poquito la armónica y en 1951 don Francisco Amador era maestro música de la escuela de Guápiles, donde tuvo una rabieta con un alumno y le quebró el arco del violín en la jupa y por lo tanto la escuela estaba sin maestro. A don Anselmo Barrientos, el director, se le ocurrió que yo pudiera llenar esa plaza, posibilidad que requería de muchos trámites porque no tenía títulos. El cura me dijo: “Váyase a Santa Cruz, hable con la directora que conocida mía y dígale que le haga el examen por suficiencia para el diploma de sexto grado”. Ella me hizo muy pocas preguntas y me dijo: “Reynaldo, yo lo conozco a usted y sé que no me va a defraudar y le voy a otorgar ese diploma”. Con ese diploma pude hacer mi expediente. En la escuela como no tenía instrumento compré un acordeón y con eso cantábamos las canciones infantiles. Se me hizo fácil el instrumento por tener un teclado similar al órgano.»
En 1955 gracias a la iniciativa del el ministro de educación Uladislao Gámez, se creó el IFPM o Instituto de Formación Profesional del Magisterio. Ahí don Reynaldo y otros aspirantes a maestros se matricularon por correspondencia y en cursos presenciales en San José durante las vacaciones, y pudo sacar el título de maestro normal.
Sin embargo de maestro de música muy pronto pasaría a ser el director que llevaría armonía a dos escuelas. En 1958 el director provincial, quien le pidió referencias suyas al director de la escuela de Guápiles, le preguntó: ¿Se animaría a coger la dirección de la escuela de Jiménez? —Si se anima a dármela yo me animo a cogerla —le respondió don Reynaldo. «Entre los años 1958 y 1959 estaba en Jiménez. El pueblo fue muy colaborador conmigo y yo hice lo posible por responderles.»
En 1960 trasladan al director de la escuela de Guápiles, don Gonzalo Fonseca, a Batán, y el mismo director provincial le propuso a don Reynaldo coger la dirección de la escuela de Guápiles. «Ahí si lo tuve que pensar, porque el personal estaba muy dividido en una escuela grande de 15 maestros. Después de analizarlo le dije: démela. Y en la primera reunión que hicimos les advertí: “En un personal docente donde no hay relaciones humanas podrá haber cualquier cosa, menor educación”. Entonces dividí las parejas de personal que tenían rencillas, una por la mañana y otra por la tarde, y así proseguí hasta el año 1977 con la satisfacción de que nunca tuve problemas con niños, maestros, padres ni superiores.»

La Asamblea Legislativa
Con una liquidación de 25000 colones más una placa conmemorativa, don Reynaldo volvió a sus orígenes campesinos y estuvo unos meses criando chanchos, hasta que un día, como ya lo tenía acostumbrado el destino, una nueva oferta llamó a la puerta de su casa y fue invitado a participar en la papeleta de las elecciones nacionales como candidato del Partido Liberación Nacional a diputado por el segundo lugar de la provincia de Limón.
Aun así la campaña no fue una experiencia más agradable que cuidar sus porcinos. «En política hay muchas cosas en las que yo no estoy de acuerdo, como pasar por las calles y los pueblos saludando a la gente y a la vez preguntándome por qué, si he pasado por aquí un motón de veces y ni los he vuelto a ver. Eso es demagogia. Luego vienen las votaciones y salgo electo. Guápiles no me dio un gran apoyo; la política es tan ingrata que hasta otrora compañeros íntimos en direcciones de escuelas me serruchaban el piso, porque en política no hay parentescos, se serrucha el piso sin piedad. Por eso en Guápiles no gané.»
Con mucho temor, pero acomodándose rápidamente al medio, compartió la fracción liberacionista con pesos pesados como Manuel Castillo y Óscar Arias. «No entiendo cómo en esa Asamblea en el año 1978 había una secretaria para dos diputados y ahora tienen secretarias, asesores, oficina y cocina y creo que en nuestra época se gobernaba bien.»

La carretera que apoyó y por la que se le llamó injustamente traidor
Según nos cuenta don Reynaldo, el presidente Rodrigo Carazo no tenía fama de llevarse bien con las fracciones, ni siquiera con la de su partido. Ante esas circunstancias la fracción liberacionista decidió pegarle un susto al presidente para que bajara el tono y escuchara los proyectos de la bancada, que sin embargo tenía un alto costo político.
«Uno intentaba meter alguna ley o buscar algún apoyo para alguna escuela con poco o ningún éxito. Pero hubo un momento en que el presidente Carazo necesitaba algo con urgencia y Carlos Manuel Castillo nos reunió y nos dijo: “Hay un préstamo para la carretera a Guápiles y urge votarlo, pero no lo vamos a votar hasta que Carazo nos oiga”. Discutimos y les dije: “Ese préstamo urge para esa carretera” y Castillo me respondió: “Reinaldo, lo sabemos y estamos de acuerdo, ese proyecto es de Liberación Nacional, pero a Carazo tenemos que darle una lección para que nos escuche”. Entonces acordamos en forma unánime votar en contra del préstamo. Yo no sé cómo aguanté ver a las barras llenas llamándome “traidor”. Yo no les podía explicar que ocho días después se votaría en forma afirmativa. Eso me ha afectado todavía y aún dicen que soy un traidor, pero yo fui leal a la fracción en un momento dado porque sabía perfectamente que posteriormente lo aprobaríamos —porque así fue— ya que era un proyecto de Liberación. Era una cosa importantísima.»

Don Reynaldo también luchó porque Guápiles tuviera acceso al mar por Cariari, conectando una terminal de buses con una serie de botes para salir por Barra del Colorado, pero la partida de 100 000 que logró se fue a superávit al terminar el periodo. Ahora todo eso existe. «Lo único que me agrada de mi paso por la Asamblea fue que cuando se empezaron las obras de la carretera por el Braulio Carrillo pensé que podía ser invadida por colonos o precaristas y presenté un proyecto para que se declarara Parque Nacional Braulio Carrillo, que fue aprobado por unanimidad.»

La historia de la ruta 32 a través de don Reynaldo
«No hay nadie en Guápiles que pueda decir que ha luchado más que yo por esa carretera y puedo demostrarlo con documentos, cartas, visitas a los trabajos en la montaña con voluntarios, ¡qué no hicimos por sacar eso!» nos afirma con propiedad.
La carretera por el Braulio Carrillo fue contratada por el expresidente Daniel Oduber en el año 1977 por la empresa colombiana Monolítica. En esos días el dólar estaba muy bajo, pero durante el gobierno de Carazo la empresa tuvo que rescindir del contrato porque no podían hacerle frente. Luego la construcción se reactivó en el gobierno de Luis Alberto Monge y fue inaugurada por Óscar Arias.
«Esa carretera nos sacó alma y corazón. Yo iba a visitar constantemente las obras de Monolítica. Hubo un día que venían los tractores haciendo la trocha, casi llegando al río Sucio, y vimos que un tractor esquivaba un montículo. Le preguntamos al conductor que qué había ahí y nos llevó. Nos enseñó un riel con una Te arriba y unos aisladores, que databa de los tiempos en que el cable internacional del telégrafo salía de San José, llegaba al Alto de la Palma, bajaba a la Hondura, pasaba por Guápiles e iba a Puerto Limón y desde ahí se clavaba en el mar hasta Nueva York. Las noticias internacionales llegaban en clave de morse por ese cable», nos cuenta, como un arqueólogo industrial.
Pero no solo conocía de su existencia, sino que conoció a los guardas que le daban mantenimiento a ambos extremos de la montaña. «Rodolfo rodríguez trabajaba de San Jerónimo a la Hondura y el de aquí era de apellido Jiménez, cuyo nombre no me acuerdo. Procuraban que el cable estuviera en servicio y no lo tocara ninguna rama, y si se reventaba bajaban o subían a unirlo. No había radio.»
Indagando un poco más sobre los orígenes de la carretera don Reynaldo recuerda el antiguo camino de Carrillo, calzada de piedra que llegaba hasta el pueblo homónimo ubicado en los márgenes del río Sucio, y que fue la primera calle que pasó por esa selva y conectó no solo el telégrafo, sino las primeras mercancías europeas que venían por el atlántico con la capital, años antes que el tren: «La aduana estuvo ahí y no era cualquier rancho. Se almacenaban cientos o miles de cosas. Pasaban en tren hasta el otro lado del río Sucio y luego en bueyes y carretas hasta San José. En el bajo de la Hondura hay una ermita con una placa en donde dice que por ahí pasó monseñor Bernardo Augusto Thiel, expulsado del país siendo obispo de Costa Rica en 1884. A él lo llevaron hasta Puerto Limón para sacarlo del país. Su error fue querer meterse a partir de la Rerum novarum sobre los horarios de trabajo y justicia social a favor de las mejora en los trabajadores del tren, lo que no le cayó bien a la oligarquía, la que ponía y quitaba presidentes.»
Finalmente don Reynaldo nos cuenta algo más sobre la mitología guapileña: «Cuanto traían a monseñor Bernardo Augusto Thiel por esos caminos de Dios, en medio de esas peñas y barrancos, se dice que uno de los soldados empujó el borrico a un guindo a ver si se iba con todo y obispo, y el burrito hizo lo que puedo para sostenerse y se sostuvo. Y que entonces a su paso por Guápiles el obispo echó una maldición que nuestros viejos tenían muy en cuenta: que Guápiles nunca tendría una carretera. ¡Y yo no sé qué es lo que pasó que Guápiles nunca va a ser campeón!»

«La aduana estuvo ahí y no era cualquier rancho.
Se almacenaban cientos o miles de cosas. Pasaban
en tren hasta el otro lado del río Sucio y luego en
bueyes y carretas hasta San José.»

 

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