Claudio Cruz, El lente de la historia

Llego a Guápiles con cámara en mano, después del 48 cuando Figueres abolió el ejercito.

Hijo de Federico Cruz Alfaro y Susan Chacón Maroto, nace en Grecia de Alajuela en 1930. De Grecia paso a Naranjo, pero fue en Alajuela donde aprendió de su hermano Hernán Cruz Chacón, el oficio de la fotografía, y desde los 13 años ya trabajaba en cuarto oscuro.

“Mi viaje a Guápiles fue probocado por mi papa, que se vino a vivir a aquí con su segundo matrimonio, terminado la revolución. Don Claudio peleó junto a don pepe, en el 48, también, le toco la contra revolución en la frontera. Cuando se eliminó el ejercito se vino a a Guápiles, detrás su papa, andaba por 20 años. Fue Guápiles donde conoció su esposa.

 

Arte precolombino

Además de la fotografía, tubo siempre pasión por el arte precolombino y aprendió el oficio de restauración de arqueología. Incluso durante 30 años dejó la fotografía para dedicar de lleno este trabajo que lo llevo a viajar a Francia, México, Venezuela, Puerto Rico, Centroamérica restaurando piezas de Costa Rica de colecciones privadas, ese fue mi último oficio y me llena de orgullo recordarlo.

Durante sus huaqueos encontró muchas piezas de jade, “no tuve la suerte de encontrar oro”, y explica: “en un panteón de jade no hay oro y en uno de oro no hay jade. En la misma finca donde sigue viviendo la cual perteneció al señor Campbell. Quien fue su amigo y le dejaba escavar, también le vendió su propiedad.

Una ves fabricó un indio Sukia y lo regaló al negro Campbell, quien lo puso frente a su restaurante “Los Sukias”, en honor a su escultura. 25 años más tarde sería un importante allazgo arqueológico; recuerda don Claudia, entre risas e ironía; como tuvo que explicar a los arqueólogos del Museo Nacional que el mismo la había fabricado.
Don Claudio aprendió mucho de arqueología, pero sobre todo aprendió a escuchar las voces de los pueblos indígenas.

“Las piezas te hablan, te cuentan la historia de sus dueños.

En Venezuela restauró piezas de Guápiles, con un señor, Harry Manil, un ruso gringo, que tenía una finca aquí y era aficionado a los caballos y a las piezas indígenas, el lo llevo a Caracas durante mes y medio a restaurar unas piezas sacadas de La Unión. Durante la construcción de la ruta 32 se destruyo mucho con la maquinaria.

“Hüaquear siempre ha sido prohibido, yo me iba, con el jefe de resguardo ahí por la calle gobierno donde un señor Sipriano Sánchez. También donde esta el campo de aterrizaje, era un cementerio indígena. De eso vivía mucha gente en esa época, había mucho coleccionista, en el Hotel Británico en San José se vendían las piezas a buen precio”.

Lo mejor de Costar Rica a nivel de patrimonio arquelógico esta fuera del país, se lamenta aunque yo se, dice: lo mas grande está aun aquí enterrado.

Cuando don Claudio Cruz llego a Guápiles y se instalo de fotografo, hacia matrimonios, primeras comuniones, luego tuvo su estudio: “Estudio Cruz”, a la par del Banco Nacional, ya con cuarto oscuro, en un época en que la electricidad en Guápiles era muy intermitente y solo podía trabajar en la madrugada cuando nadie más usaba la luz. “Lalito Nuñez, mi gran amigo se instalo después, incluso fuimos socios, le recuerdo con mucho cariño”.

 

Para la posteridad

Las fotografías de don Claudio son el relato de la gente que formó este cantón, los primeros edificios, los primero caminos, también, los primeros recuerdos:

“La primer rocola de Guápiles la trajo Jorge Rollo, quien tenía una cantina ahí por donde chumino. Recuerda que en Guápiles el principal negocio era el de Leon Weistok, cantina, abarrotes, salón de baile, “El centro de amigos”, donde esta ahora la zapatería la Estrella, también había un Cine frente al Banco Nacional, que usaba energía de un dinamo accionado por agua. Luego donde Wachong hubo otro y el de Luis Madrigal, el famoso cine LM que fue el último.

La primer calle de Guápiles fue a Roxana y la primer casadora la compro doña Martina Gutiérrez, y la manejaban sus hijos, gemelos, cada viaje a Roxana era una llanta estallada por el pedregal. Antes de la casadora, solo en burrocar se movía la gente.

También fue don Claudio Guardia Fiscal durante 25 años, se entendía con talas de arboles, quemas, problemas con lotes, así como pesar el licor en los bares y buscar las sacas de guaro. Recuerda que nunca pudo arrestar a alguien por ese delito, y su jefe lo sabía porque ambos entendían la pobreza. Así eran las cosas por esos días.

A mi me mandaban a lo más, feo, una ves llegó a La Unión, a caballo, con la carabina Máuser al sinto, bien montado y armado y se encontró a todo el mundo borracho. Inmediatamente llamó a cuentas al encargado: “¿Qué pasa aquí?, aquí no hay bar, no hay patente y todo mundo esta borracho”. El encargado le explica: “Hay don Claudio, es un turno para la escuela y lo que se vende es contrabando. Don Claudio con toda seriedad responde: “Yo digo, que pasa aquí, que no me han dado ni un trago” ese día le compro el acordeón al músico del turno por 150 colones y los dejó sin música.

Don Claudio conserva un tesoro en negativos, de la historia de Pococí, aunque, aún conserva su vieja ampliadora, ya su vista no le permite trabajar. Vive de una pensión de su trabajo en el Resguardo fiscal y de algunos alquileres.
Con 86 años de edad agradece a la vida por tenerlo con salud y a sus amigos, entre ellos Humberto Madrigal, conocido historiador del cantón de Pococí, con quien comparte todavía tardes de tertulia y recuerdos de este cantón que solo existe en su memoria y en sus fotografías.

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