Lidia Bermúdez: la incansable líder comunal y social en San Antonio de Roxana, Pococí

Con 46 años de vivir en San Antonio de El Humo, Lidia Bermúdez fue gestora de obras tan importantes como el CEN CINAI y el salón comunal.

Desde joven sabía lo que era liderar luchas sociales en la comunidad de San Antonio de Roxana, en medio de bananeras en las que los “días de pago sin acuchillados no eran días de pago”.  La historia de Lidia Bermúdez, dirigente comunal de dicho distrito de Pococí, es la historia de una mujer que luchó contra las dificultades propias que enfrentan las mujeres, y salió victoriosa con creces.

Oriunda de Nicoya, Guanacaste, se crio entre potreros, aporreadas de frijoles y marimbas que alegraban las tardes. Al tiempo que surgen los recuerdos su voz se llenan de melancolía porque, aunque entre todos sacaban adelante el hogar, no olvida que su madre era la cabeza familiar.

“Eran tiempos muy sanos, no puedo decir que teníamos dinero, pero vivíamos tranquilo, todos trabajando. A mí nadie tiene que venirme a hablar de las labores de campo, que yo me las sé todas. La diversión eran los bailes con marimbas. Recuerdo que yo veía esos salones donde a cierta distancia ponían un mecate y después de ese mecate era que la gente bailaba y se divertía. Yo oía mentar eso porque a mí jamás me dejaron salir. Eran tiempos muy bonitos”, recuerda Bermúdez.

El único espacio social para interactuar con otras personas era la misa; precisamente ahí conoció al que fue su esposo. Relata que, aunque su padre murió cuando ella era una niña, su hermano mayor cumplió ese rol. Entonces él decía que “el hombre que llegue a esta casa tiene que ser para casarse, no para jugar”. Así fue como ella se comprometió a los 18 años.

Con su marido se trasladó a la zona de La Fortuna de San Carlos, también ejerciendo labores del campo en un terreno que le fue dado en un cañal. Sin embargo, todo cambió a partir del 29 de junio de 1968, cuando el volcán Arenal desató su ira sobre las comunidades cercanas.

El fragor de la tierra, la ceniza apoderándose de calles y el temor de perderlo todo fueron motivos suficientes para abandonar la región y trasladarse a San Antonio del Humo, pueblo sobre el cual se extendía lo que podríamos llamar “la fiebre del banano”.

Antes de decidir viajar, a su esposo le aconsejaban vivir en el caribe donde estaba la prosperidad de las bananeras, algo equiparable a la famosa “fiebre del oro” en Abangares. Pero no más al arribar a la comunidad se topó con otra realidad.

La pobreza, los caminos de barro y las lluvias de un mes de duración los recibieron, mas no hubo tiempo para lamentos puesto que debían comenzar las labores propias de la plantación bananera en la finca Santa Clara. Allá tanto ella como su esposo formaron parte de la mano de obra del monocultivo; doña Lidia recuerda que trabajó en la planta empacadora junto con otras mujeres.

Al poco tiempo de llegar las condiciones laborales fungieron como motor para integrarse a su primer frente de lucha: el sindical. No fue fácil porque las mujeres socialmente quedaban relegadas de la participación en gremios, pero en el caso de doña Lidia, la fuerza radicó en la unidad con otras compañeras para tener un rol activo en los sindicatos de la época.

Los puntos más importantes era la defensa de las incapacidades, el pago de horas extra, aguinaldo y la atención médica, todas estas luchas que dieron frutos, aunque no todos pensaban lo mismo.

En una ocasión tuvo un encontronazo con un capataz de apellido Carballo por su papel de líder sindical. Como él tenía la intención de promover su despido ella se le adelantó, debido a que se dio cuenta que él utilizaba a un peón de la finca para darle mantenimiento a un terreno privado. Ella realizó la denuncia que trajo el despido del capataz. Años después, en otra finca, se enteró de que Carballo sería su jefe y sin más dilaciones lo encaró para preguntarle si la iba a despedir, pero él le dijo que no, que él aprendió su lección, por lo que la situación quedó saldada.

Para Bermúdez, los logros de la organización sindical se vieron interrumpidos por el solidarismo o “sindicato blanco”, que se olvidó de atender las demandas básicas de los trabajadores que se mantienen hasta hoy.

Intensa actividad comunal

Lidia Bermúdez, de 75 años, también fungió como una líder comunal muy activa en San Antonio durante los años 90 con obras y actividades que le cambiaron el rostro a la comunidad.

El primer CEN CINAI del pueblo se logró gracias a la gestión de ella y otros dirigentes comunales. Esta causa sirvió de mucho beneficio para las mujeres solas jefas de hogar que necesitan apoyo de las entidades gubernamentales. El lugar luego se descuidó, pero recientemente se mejoraron sus instalaciones que hoy se ubican a la par del Liceo San Antonio.

Pero su participación principal fue en la Asociación de Desarrollo, al lado de personas como German Quirós, Isabel Peralta, Carmen Muñoz, Edgar Trejos, Pedro Guido, entre otros. Para ella era determinante el trabajo conjunto para lograr los objetivos comunes de un pueblo.

Gracias al esmero de ella y sus compañeros lograron construir el salón comunal, celebrar fiestas populares con corridas de toros, juegos mecánicos y demás entretenimiento para beneficio de los pobladores de San Antonio. Estas iniciativas duraron más de tres años, tiempo en el que estuvo directamente vinculada con la Asociación, pero ella siempre colaboró sin que fuera necesario integrar algún puesto formal.

Recuerda que integró diferentes comités también de la Iglesia Católica en la organización de las fiestas patronales.

¿Por qué existió afán de participar en distintas entidades comunales? “Es la voluntad de servir. La gente le dice a uno que por qué se mete en comités si siempre la gente va a hablar y a decir que no hacen nada, pero a mí siempre me gustó servir y aportar al desarrollo hasta donde se pueda”, afirmó doña Lidia Bermúdez.

Hoy, retirada de la actividad más intensa, reconoce que faltan líderes entre la juventud, preocupada ahora por lo individual. Urgen estos nuevos dirigentes porque por más que se vean negocios y quehaceres comerciales en el pueblo, sigue faltando obras y desarrollo para las nuevas generaciones.

“Hay que solucionar el tema de la drogadicción, de los robos, o del desempleo, pero para eso es necesario unirse todos. Ahora la gente solo piensa en lo individual, pero desde lo que yo pueda aportar con mi experiencia lo voy a hacer. Hay que salir adelante por el futuro del país y de la comunidad de San Antonio”, sentenció.

Pabel Bolívar Porras

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