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Las mascarillas en las escuelas/colegios no tienen ningún sentido: ¿dónde están las pruebas?

Sin embargo, hay pruebas de que las mascarillas podrían perjudicar el desarrollo de los niños y jóvenes. ¿Queremos más de eso después del año que han tenido?

Cuando yo, junto con otros dos padres, iniciamos hace casi un año una campaña para que se diera prioridad al bienestar de los niños en las decisiones que se tomaran en respuesta al Covid, fue por una sensación profunda y visceral -conocida también como instinto maternal- de que algunas de esas medidas parecían desproporcionadas y otras, vistas desde el punto de vista del bienestar de los niños, simplemente «erróneas». Un año después, en la mañana siguiente a lo que debería haber sido una gran victoria para esa campaña, ese sentimiento de profundo malestar, lamentablemente, nunca ha sido más fuerte.

Es estupendo que los niños vuelvan pronto a la escuela. La escuela es donde tienen que estar y el costo de estar fuera de la escuela, tanto para los niños individualmente como para la sociedad en su conjunto, estaba siendo simplemente demasiado grande. Pero, ¿qué precio se les ha pedido que paguen?

La noticia de ayer, enterrada en un manual operativo de 66 páginas para las escuelas/colegios, de que se recomienda a los estudiantes de Secundaria llevar mascarillas en las aulas, es un duro golpe.  Esto ha dejado a muchos padres, entre los que me incluyo, aturdidos.

La base de pruebas de que esto tendrá un impacto algo significativo para reducir la transmisión (de una enfermedad que es prácticamente inofensiva para los niños/jovenes) es escasa; de hecho, la recomendación parece estar basada en el consejo de Sage más que en pruebas sólidas. El Departamento de Educación (DfE) dice que «no hay pruebas sólidas que sugieran que los kínderes, las escuelas y los colegios desempeñen un papel en la transmisión a gran escala en la comunidad». Los datos de la ONS dejan claro que los profesores no corren mayor riesgo que otros profesionales.

Mientras que el DfE afirma que «Sage ha aconsejado que las mascarillas pueden ser eficaces para reducir la transmisión en entornos públicos y comunitarios», hay importantes advertencias: el impacto es aparentemente «pequeño», con el reconocimiento expreso de que «el beneficio es difícil de cuantificar», y sólo funciona en absoluto cuando las mascarillas «se usan correctamente y [son] de una calidad adecuada».

Frente a esto, las pruebas que se acumulan sobre el riesgo potencialmente considerable que suponen las mascarillas para los niños son significativas. En la actualidad, existen muchos estudios e informes que detallan los daños que se sospecha y, en algunos casos, se han demostrado, tanto para la salud mental como para la salud física de los niños/jóvenes. Una carta escrita el pasado mes de septiembre por 70 médicos de Bélgica califica las mascarillas de «gran amenaza» para el desarrollo de los niños/jóvenes; otra de diciembre, firmada por un grupo de 100 profesionales de la salud, entre ellos psicólogos, académicos y pediatras, afirma que las mascarillas para los niños «no sólo son innecesarias, sino potencialmente perjudiciales».

Esta medida también va en contra de los consejos anteriores del DfE, que hasta hace poco era directivo en el sentido de que las escuelas/colegios no deberían imponer mascarillas en las aulas debido a la preocupación por el mal uso y los efectos negativos.

Aunque no tengo ningún problema con las intervenciones proporcionadas y no perjudiciales, sencillamente no conocemos los efectos a largo plazo de llevar la cara tapada durante este tiempo en el desarrollo del cerebro, los logros educativos, la comunicación y, de hecho, todos los demás aspectos de la salud física y mental de los niños/jóvenes; de hecho, sabemos que llevar la cara tapada durante este tiempo tiene claras implicaciones negativas en la salud mental de los niños en un momento en el que ésta nunca ha sido más frágil; y, lo que es más importante, es una medida que potencialmente restringe la ingesta de oxígeno de los niños durante períodos prolongados.

Sean cuales sean las presiones de los intereses creados que han llevado a esta decisión, introducir esta medida sin tener en cuenta esos daños parece temerariamente indiferente a la salud y el bienestar de los niños. Se nos había dicho que el objetivo de las vacunas era que pudiéramos empezar a restar, no a añadir, más medidas. Sin embargo, ahora en nuestras escuelas y colegios tenemos una serie de medidas, ninguna de las cuales parece proporcionada dado el pequeño riesgo relativo para los niños/jóvenes y la velocidad de la implantación de la vacuna: burbujas sociales, distanciamiento físico, pruebas obsesivas… y ahora esto.

Desde mi punto de vista, esto parece más un camino al infierno que a la libertad.

MOLLY KINGSLEY  (The Telegraph, Reino Unido)

(Traducción de Ericka Phillips)

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