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Los cierres agravan la salud

Uno de los aspectos más exasperantes de un año repleto de mandatos de salud pública ilógicos y miopes ha sido el fracaso absoluto de los profesionales de la salud a la hora de abordar adecuadamente el papel que la mala alimentación y la falta de ejercicio han desempeñado en el agravamiento de la crisis del coronavirus. 

De hecho, muchos de los decretos emitidos, aparentemente en nombre de la salud pública, sólo han tenido el efecto de empeorar el problema subyacente.

Un reciente estudio mundial descubrió que la obesidad es un «factor impulsor de las muertes por COVID-19«, y que las tasas de mortalidad por Covid-19 son asombrosamente diez veces mayores en los países donde la mayoría de los adultos tienen sobrepeso.  Aunque la edad avanzada es el indicador más fuerte de un resultado grave de una infección por coronavirus, «el sobrepeso viene en segundo lugar», determinó el informe. 

El director general de la Federación Mundial de la Obesidad llegó a culpar al «fracaso a la hora de abordar las causas fundamentales de la obesidad durante muchas décadas… de cientos de miles de muertes prevenibles». 

Aunque el estudio pone de manifiesto hasta qué punto la mala salud subyacente es una fuerza catalizadora de las muertes por coronavirus, hemos sabido -casi desde el principio- que el sobrepeso o la obesidad aumentan significativamente el riesgo de un resultado grave.

Teniendo en cuenta esta información, los Anthony Fauci y Eric Feigl-Ding del mundo deberían enfocarse en alertar a la gente sobre los peligros del sobrepeso y la obesidad, y dedicar importantes esfuerzos a fomentar el ejercicio y la alimentación saludable.  En cambio, se han pasado los últimos doce meses instando a la gente a «quedarse en casa, salvar vidas» y usar dos mascarillas, si no tres o cuatro; la cual es una medida que no ha demostrado en absoluto que haya mitigado las muertes por coronavirus.

En una línea similar, los gobernadores de todo el país han ordenado el cierre de gimnasios, junto con otros innumerables negocios.  En Nueva York, los gimnasios están abiertos desde el verano pasado, pero los clientes deben usar mascarilla en todo momento, incluso mientras hacen ejercicio.  Debido a la extrema incomodidad de hacer ejercicio con mascarilla, yo (Jenin) dejé de ir a mi gimnasio hace meses por primera vez en dos décadas y empecé a confiar únicamente en las formas de ejercicio al aire libre para mantenerme en forma.  Dudo que sea la única que lo haya hecho por razones similares.

Así, igualmente contraproducentes son los mandatos de uso de mascarillas en exteriores en estados como Massachusetts, que tienen el pernicioso efecto de desalentar el ejercicio tanto al aire libre como en interiores.  Todo ello, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) desaconsejaba el uso de mascarilla mientras se hacía ejercicio, señalando que las investigaciones demostraban que su uso, incluso durante una actividad física de leve a moderada, puede «provocar importantes efectos negativos cardiovasculares y pulmonares tanto en personas sanas como en aquellas con enfermedades respiratorias subyacentes.»   (Por supuesto, estos hallazgos contradecían la religión de las mascarillas que se ha apoderado de nuestra sociedad, por lo que dichos hallazgos se descartaron automáticamente, no por su valor, sino porque no encajaban en la narrativa predominante). 

Asimismo, especialmente al principio de la crisis, los gobernadores de todo el país cerraron parques infantiles, parques nacionales y rutas de senderismo, la cual fue otra decisión política que simplemente privó a la gente de la oportunidad de realizar actividades saludables al aire libre. Afortunadamente, muchas de estas órdenes han sido revocadas tras una importante reacción del público, aunque nunca con la admisión por parte de los funcionarios del gobierno de que tales medidas eran perjudiciales para la salud pública.

Si bien el ejercicio es vital para la salud en general, importantes investigaciones sugieren que quienes luchan contra la obesidad necesitan cambios en su dieta para perder peso.  Como era de esperar, la estrategia de cierres, que implicaba que la gente trabajara desde casa con mucha más frecuencia o en su totalidad, provocó un fuerte aumento de los hábitos alimenticios poco saludables. La gente empezó a picar alimentos procesados en cantidades mucho mayores, en gran parte para aliviar el estrés, lo que dio a Mondelez International -el fabricante de Oreos- y a otros aperitivos procesados y poco saludables, un motivo de celebración.

Las exhortaciones de la gente de «quedarse en casa», así como la aplicación de medidas como el cierre de gimnasios y parques han tenido el impacto esperado, que es que el 42 por ciento de los adultos en los Estados Unidos reportaron un aumento de peso no deseado durante el año pasado, con un promedio de veintinueve libras.  Los millennials, como grupo, son los que peor lo han pasado, con un 48% de aumento de peso no deseado, con una media de cuarenta y una libras.  Basta con decir que un porcentaje significativo de los adultos que, en marzo de 2020 no corrían un riesgo sustancial de sufrir una condición grave por el coronavirus, ahora pueden clasificarse en un grupo de riesgo elevado.

La causa de este negativo resultado no es simplemente quedarse en casa y moverse menos, sino la ansiedad y la depresión causadas por el aislamiento social, que se ha demostrado que causan aumento de peso y obesidad.  La sociedad se ha organizado en torno al principio de privar a las personas de un contacto social significativo con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo durante la mayor parte del año.  No hace falta ser licenciado en psicología para reconocer que este enfoque está destinado a agravar la crisis de la obesidad, como de hecho ha sucedido. De hecho, nuestro recién confirmado Cirujano General, el Dr. Vivek H. Murthy, ha escrito un libro entero sobre los efectos de la soledad en la salud, argumentando que está asociada a un mayor riesgo de enfermedades cardíacas, demencia, obesidad y trastornos del sueño.

Sin embargo, a pesar de estas circunstancias, periódicos como el New York Times han publicado artículos sumamente irresponsables con titulares como “¿Debe preocuparse por el aumento de peso pandémico de su hijo?” (la respuesta de la autora, Virginia Sole-Smith es, en general, «no»). De forma similar, Sole-Smith atribuye la creciente incidencia de la obesidad infantil a la propia pandemia, y no a la decisión de cerrar las aulas durante muchos meses. Sostiene que, dado que las dietas en la infancia pueden conducir a trastornos alimenticios en la edad adulta, los padres deben evitar tratar el aumento de peso de sus hijos como un «problema a resolver». Los padres deberían informarse sobre la salud mental de sus hijos, pero también aceptar que las circunstancias que causan su depresión y su consumo de alimentos por estrés a altas horas de la noche simplemente no pueden cambiarse, como si fuera perfectamente razonable desde una perspectiva de salud pública dar prioridad a la prevención del Covid (un virus menos dañino para los niños que la gripe) por encima de todas las cosas. 

Un artículo más reciente del Times, escrito por Sandra E. García, eludía la cuestión de la salud subyacente y, en su lugar, argumentaba que las personas cuyo índice de masa corporal (IMC) las calificaba para la vacunación temprana deberían aprovechar esa condición.  El artículo citaba a Emma Specter, de la revista Vogue, diciendo que «una métrica de la salud que ha sido cuestionada durante mucho tiempo por los activistas de la obesidad y los expertos médicos por igual podría beneficiar activamente a las personas gordas por primera vez».

Del mismo modo, García escribió un tweet en el que se decía «porque mi IMC me permite vacunarme mañana, y porque la vacunación me permitirá protegerme a mí y a los demás, mis gruesos muslos -de hecho- salvarán vidas».  Aunque el IMC es una medida imperfecta de la salud de un individuo y, por supuesto, no todas las personas delgadas están sanas, los últimos treinta años nos han demostrado que el aumento de las tasas de obesidad y las enfermedades crónicas van de la mano. 

Al parecer, el compromiso ideológico de García con la narrativa de la política de identidad impide admitir que el sobrepeso, y en particular la obesidad, es un factor significativo de predicción de un resultado grave de una infección por coronavirus, y que muchas personas pueden tomar medidas para perder peso y, por tanto, ser más saludables e incluso salir de las categorías de riesgo.  Vacunarse no resolverá el problema mayor, ya que sólo puede proteger de un tipo de coronavirus y no cura las diversas comorbilidades resultantes de una mala dieta y un estilo de vida sedentario. 

Bajo la pretensión de «positividad corporal», los autores de estos artículos están normalizando un estilo de vida que conduce a importantes problemas de salud.  En lugar de cuestionar las circunstancias que crean la obesidad -condiciones que no han hecho más que empeorar durante la pandemia-, proponen, contra toda razón y lógica, que la obesidad no es nociva para la salud, o que de alguna manera es más negativo reconocerla y afrontarla.  Esto evita que la gente llegue a la conclusión demasiado obvia de que la decisión de cerrar las escuelas/colegios, gimnasios y lugares de trabajo y de obligar a la gente a encerrarse en sus casas durante meses NUNCA fue en pro de la salud pública.

Por supuesto, no todo el mundo puede perder peso por diversas razones, que abarcan desde los trastornos metabólicos hasta la falta de acceso a alimentos saludables o de tiempo para hacer ejercicio.  La incapacidad de muchas personas para llevar un estilo de vida saludable puede estar directamente relacionada con importantes problemas sistémicos de nuestra sociedad y nuestro país en la actualidad, y no es parte de este artículo abordar esta situación.  Tampoco abogamos por el «fat-shaming» (hostigamiento a las personas obesas), ni por ninguna crueldad dirigida a las personas por su sobrepeso u obesidad.  Más bien, sugerimos que el gobierno y las autoridades de salud pública NO emitan ni apoyen, respectivamente, mandatos que coarten la libertad hasta el punto de fomentar la depresión y la enfermedad en la población general.  Eso incluye, no sólo el cierre de parques y gimnasios, sino medidas como la obligatoriedad de la mascarilla a la hora de hacer ejercicio y las órdenes de quedarse en casa, lo que inevitablemente conduce al aislamiento social. 
En marcado contraste con el enfoque que han adoptado, las autoridades de salud pública, y por extensión los políticos y los medios de comunicación, deberían animar al público a mantener un peso saludable, y no sólo durante la pandemia. De hecho, es su obligación moral abordar la cuestión de frente, en lugar de anteponer la ideología política o lo “políticamente correcto” a la salud pública, y renunciar enérgicamente a las medidas que están creando una nación menos saludable. 

Sospechamos que un día, la cuarentena que se impuso a sociedades enteras en respuesta a la pandemia del coronavirus, y que condujo a que vastas franjas de la población se enfermaran más en general e irónicamente se hicieran más susceptibles a los graves efectos del virus, será vista como la versión siglo XXI de un derramamiento de sangre.  Como ha dicho el epidemiólogo Martin Kulldorff, “la salud pública no se refiere sólo a una enfermedad específica, sino a todos los resultados sanitarios”.  Al parecer, en el 2020, las autoridades olvidaron esta verdad evidente.

Fuente: Instituto Americano de Investigación Económica

Artículo original de: Kiley Holliday (Kiley Holliday se licenció en Historia por la Universidad de Nueva York en 2005.)

Fecha del artículo: 27 de marzo 2021

Traducción: Ericka Phillips

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